Te hablaba a ti, si a ti. Estaba escarbando en la caracola de tu oído, y tu, tú en tu tu. Y yo, yo escarbando en tu caracola. Ya sé que no puedes escuchar, pero igual me divierte resbalar por tu caracola. Lo curioso de hablar con un sordo es que nadie sabe el destino de las palabras, ni siquiera tienen sentido, se quedan inmersas en el mundo de la imaginación, flotando en lo etéreo, consumiéndose con el aire, son solo palabras respiradas. Ahora paseare por tus fosas nasales, allá donde ahora se pierden mis palabras, entre las vellosidades ingresando a los pulmones y transformándome en aire exhalado.
Ahora ingresare por tu piel, pero no pienses que soy alguna clase de bicho raro que quiere carcomer tu carne, no te voy a corroer, yo solo quiero que me escuches. Deja de escribir, escúchame, por qué insistes en seguir escribiendo lo que no quiero decir. Si sigues escribiendo voy a inhalar las palabras y no las voy a dejar salir más, voy a contenerlas hasta que la sangre ya no recorra y tu ya no te puedas mover; ¿estás contenta?, ya no circula la sangre por tus dedos, ya no puedes escribir, ¡manos escúchenme!.
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